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El paciente adicto

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El paciente adicto

La palabra ‘adicto’ remite a la Antigua Roma. Cuando un sujeto no podía pagar una deuda, entregaba su vida como adicto, es decir, como esclavo. De este modo, dejaba de ser deudor, entregando su libertad como pago.

Igual destino de esclavitud tiene quien recurre a la droga –que etimológicamente significa mentira, embuste, cosa de mala calidad –, pues mediante la automedicación de sustancias psico-neuro-bio-socio-tóxicas, y en la ilusión de superar debilidades o flaquezas, en lugar de liberarse o independizarse se vuelve drogodependiente.

Podemos decir que el drogodependiente vive permanentemente un malentendido y que además, por norma, es malentendido, y lo que es aún más trágico, racionaliza su patología en términos de una ideología de vida –o, mejor dicho, de muerte- asumiendo un delirio que es diferente en contenido de los que conocemos en la psicosis, pero similar en su estructura. Para ellos, la química es algo similar a la búsqueda de la piedra filosofal para los alquimistas, pero en este caso son los adictos quienes se ofrecen a sí mismos como cobayas para sus investigaciones.

Los requerimientos necesarios que constituyen un delirio son: no responder al juicio de la realidad ni a la prueba de la experiencia, constituirse en una ideología de vida (o de muerte) de acuerdo con la cual el sujeto vive (o muere).

Para entender a un adicto hay que invertir el sentido de nuestro pensamiento: en su búsqueda de placer se daña, en la búsqueda por encontrarle sentido a su vida se mata, en su afán de independencia se vuelve esclavo, buscando liberarse de los vínculos simbióticos humanos no resueltos con sus objetos primarios, ya sea la familia o sus equivalentes, se procura una simbiosis química. En síntesis, en su intento por ser, acepta vivir como un no-sr y morir con la fantasía maníaco-omnipotente de vencer la finitud, condición inherente a nuestra pertenencia al reino animal y de difícil aceptación por el género humano, que desde siempre intenta negociar con todos los dioses de los que tiene conocimiento, su interés en vencer la muerte y llegar a ser inmortal. El correlato de esta postulación es la incapacidad y/o fracaso en su búsqueda de una identidad propia.

Aquellos que nacen con una determinada vulnerabilidad genética o desarrollan, por vicisitudes de la vida, una vulnerabilidad psico-neuro-bio-social, pueden desarrollar procesos adictivos como un intento de poner un parche químico a sus déficits, cuando las condiciones externas o socio-familiares favorecen este camino ilusorio con consecuencias nefastas, en menor o mayor plazo, en todos los niveles de la vida. Como bien dice Claude Olievenstein: ‘No existen los drogados felices’.

Por eso hay que centrar el tratamiento con estos enfermos en términos de ayudarlos a que puedan transformar su proyecto de muerte en un proyecto de vida. En lo que respecta al tratamiento, es fundamental poder ‘llevarlo a cabo’, es decir, plasmarlo en logros reales y realistas, que reemplacen las realizaciones mágico-maníaco-omnipotentes de la fantasía características del funcionamiento psíquico del adicto, y muy especialmente significativas en los casos de los consumidores de marihuana, que llegan a vivir en un estado denominado ‘síndrome amotivacional’, que refleja su impotencia para enfrentarla realidad.

Modificarnos o modificar la realidad requiere tiempo, esfuerzo y muchas otras condiciones. Hacerlo en la fantasía mediante la ingesta de algún comprimido, fumando marihuana o inyectándose, resulta fácil, inmediato y sólo requiere esfuerzos insignificantes.

Otro elemento que aparece muchas veces en los pacientes adictos es la recurrencia al delito como medio de conseguir drogas o dinero para adquirirlas. Es decir, se establece una modalidad psicopática y narcisista por excelencia, donde cuenta exclusivamente su necesidad, sin importar la necesidad, la seguridad, la integridad, los sentimientos del otro. El otro es un instrumento, una cosa que lo provee de lo que necesita. Cuando no se cumple este ideal narcisista, el adicto puede llegar a ponerse extremadamente violento, paranoico, e incluso llegar al crimen como reacción mágico-omnipotente de venganza.

Quizás encontremos la esencia de la problemática del adicto en la inexistencia del ‘no’. No existe el ‘no’, que es, en última instancia, la evidencia de la finitud, con todas las vicisitudes que esta condición conlleva.

 

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