Clinica cita El dolor y la curación

En esta ocasión, en CITA, os traemos una entrada que reflexiona sobre el dolor y la curación. El dolor forma parte de la propia vida. Negar el dolor es como negar la alegría. Negar el dolor no es una propuesta, es una huida. Una huída que puede terminar en una deriva peligrosa. En CITA, nuestros treinta años de experiencia en el tratamiento de las adicciones (treinta años que nos convierten en una de las clínicas para el tratamiento de adicciones más conocidas del país) hemos aprendido que la aceptación del dolor no tiene nada que ver con la calidad de vida. De hecho, gran parte de los avances en las técnicas de desintoxicación y deshabituación pasan por la mejora gradual de las condiciones de vida del paciente durante el proceso. Hoy queremos hablar del dolor y la curación

Como dice el poeta, “La noche más profunda, en su hora más sombría, prepara con amor el despertar de un nuevo día”

En Clínica CITA trabajamos no sólo el proceso de la desintoxicación y la deshabituación de una adicción, sino que facilitamos la comprensión del porqué de nuestros conflictos y dependencias. La enfermedad nos habla de nosotros y de nuestros sentimientos.

La enfermedad quiere sanarme

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“Por medio de la enfermedad nos hablamos a nosotros mismos, tomamos nuestro cuerpo como testigo del sufrimiento que padecemos: el dolor o la lesión son el reflejo exacto de las emociones que experimentamos. El sentimiento se transforma en sensación. Esto nos pico, aquello nos corroe, lo otro nos produce un dolor sordo. Pero, ¿qué es lo que nos pica? ¿Qué nos corroe? ¿y por qué es sordo el dolor?

¿Qué ocurre cuando vamos a ver al médico porque nos duele la cabeza? El médico nos escucha y anota cefalea. A petición nuestra, da un nombre a lo que experimentamos. Que nuestra molestia tenga un nombre nos tranquiliza; es algo identificado, reconocido, catalogado y, en cualquier caso, mensurable. Pero, al obrar así, lo que tratamos de decirnos a nosotros mismos por medio de esta enfermedad corre el riesgo de pasar desapercibido. El diagnóstico es un paso necesario, desde luego, pero es un arma de dos filos, porque al darle nombre a la enfermedad nos arriesgamos a protegernos todavía más ante el interrogante que nos plantea. Que confiemos nuestra enfermedad al médico es razonable; su papel consiste precisamente en ayudarnos y cuidarnos. Pero si eludimos la responsabilidad de lo que experimentamos, si la enfermedad se convierte en un asunto del médico y sólo de él, ¿en qué queda la pregunta que nos hacemos a través de ella? Nos exponemos a hacerla desaparecer con todo su bagaje…

Porque, al sustituir los males por palabras, perdemos el sentido de que tratábamos de decirnos. Nos hablamos utilizando nuestro cuerpo como metáfora y, de pronto, lo que intentábamos decirnos se convierte en algo incomprensible. No sabemos a qué se debe nuestro sufrimiento físico, como si nos faltara la clave… Sin embargo, escuchar la enfermedad como un lenguaje interior, comprender lo que dice, es el primer paso hacia la curación”


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