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Anorexia y Bulimia

La anorexia juvenil revela ya en su nombre sus pretensiones, y es, dado su mal pronóstico, muy problemática. Limitada casi exclusivamente a las chicas, es al parecer –dadas sus claras tasas de crecimiento en las últimas décadas- típica de nuestro tiempo. De hecho, el espíritu de la época honró durante decenios –y en parte sigue haciéndolo- el ideal de una figura anoréxica.

La línea (esbelta) no tiene por definición curva alguna, y éstas son el terror de la anoréxica. La muchacha delgada, esbelta, es un objetivo peculiarmente no adulto. Al parecer no es la mujer, sino la chica guapa, el sueño de muchos hombres, y por lo tanto también de muchas mujeres. Las anoréxicas persiguen este ideal con obstinación, e impiden su maduración hacia la feminidad, no sólo psíquica sino también físicamente. Apenas se apuntan en ellas las formas femeninas, las matan por hambre.

El periodo es suprimido consecuentemente, la mayoría de las veces con éxito, y los pechos que despuntan bajo la presión hormonal ven impedido su desarrollo. Inconsciente o semi inconscientemente, no quieren ser mujeres sino seguir siendo muchachas o niñas y no dar el paso hacia la evolución que les espera con la pubertad. En sus fantasías, aspiran a conservar la limpia esfera de una existencia angelical y, por tanto, asexuada. La comida, que las haría mujeres, les marca el camino hacia un reino de sexualidad femenina que sienten como sucio.

Pero si caen víctimas del polo opuesto a su ascesis asexuada, son infieles a sus ideales de figura infantil y comen de manera normal, esto puede sobrecargarlas a posteriori de tal modo que vomitan voluntariamente. Después, suelen tener una sensación de liberación, pureza y alivio.

Cuando la medida de emergencia del vómito se convierte en rutina, se ha superado a delgada frontera de la bulimia o ‘ansia de comer y vomitar’. Este cuadro patológico es prácticamente el complemento o polo opuesto de la anorexia, y está estrechamente vinculado a ella.

Ambos estados se consideran, con razón, adicciones, porque están relacionados en sus niveles profundos con la búsqueda de una vía hacia el desarrollo y el objetivo de la unidad. Visto desde una perspectiva superficial, impresiona sobre todo la fuga, en ambos casos, de la polaridad sentida como impura, de todo lo agobiantemente femenino.

Especialmente allá donde esto tiende hacia lo maternal, el rechazo es grande. Lo que se refiere a la concepción o a la vitalidad fértil desencadena espanto consciente o inconsciente, pues recuerda a la propia condición rechazada.

Como el ascetismo y el elevado ideal de pureza se hacen insoportables, en momentos de debilidad, el polo opuesto, orientado hacia el disfrute, se abre paso con tanta mayor fuerza cuanto más tiempo y con más éxito fue reprimido. Frigoríficos enteros pueden ser devorados sin importar su contenido. Cuanto más intensa sea la orgía devoradora, tanto peores son los sentimientos de culpa que le siguen y tanto más fuerte el vómito, vivido como purificación y, a veces, también como penitencia.

El engullido de tales cantidades de alimento ocurre la mayoría de las veces en un estado como de embriaguez, y no aporta ni gozo ni satisfacción; así que la palabra orgía sólo es a medias acertada. Es precisamente el elemento orgiástico de la vida el que se rechaza en la sexualidad, pero también en otros placeres sensoriales, como la comida.

Similares explosiones orgiásticas se dan también en el plano sexual, donde el paso del ascetismo a la total falta de inhibiciones se lamenta después igualmente. También aquí falta en la mayoría de los casos el disfrute, y la decisión posterior de ser aún más estricto con uno mismo suele ir pisándole los talones.

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