El presente, el pasado, el futuro

EL PASADO

En aras de los ‘debiera’, nos podemos pasar la vida tratando de ser lo que no somos y tal vez no seamos nunca.

Debería haber sido más bueno o más comprensivo, debería haber sido más honesto o mejor esposo, padre, hermano, hijo o más… Seguramente hay muchos más ‘debería haber sido’ dentro de cada uno de nosotros.

Entonces habría que preguntarse si también deberíamos haber sido canonizados, o sea pasar a ser unos santos. Cada uno fue lo que fue y no lo que debería haber sido, porque todo eso pertenece al pasado y el pasado es parte de uno, pero justamente eso, solo una parte y, si nos quedamos en el pasado, el riesgo que tenemos es no vivir el presente y, si  corremos y nos apuramos para que el pasado no nos alcance, haremos cualquier cosa para no detenernos y ser aplastados. Pero el peligro es, justamente, que haremos ‘cualquier’ cosa.

El pasado debe ser analizado, pero no para castigarse sin piedad por lo hecho. Cada uno vivió como pudo o como supo, con las herramientas que tenía en ese momento y esto no es condenable. Al pasado le debemos permitir venir en forma de recuerdo, pero teniendo plena conciencia de que lo que ocurrió ayer o hace años, no está ocurriendo ahora y mucho menos ‘vivirlo y sentirlo’ como si estuviera pasando en estos momentos.

Ya pasó, fue hace tiempo, no importa cuánto, y entonces no teníamos la experiencia de hoy y es inútil también pensar que, si la hubiéramos tenido, no habría pasado. ¡Vaya uno a saber!

Pero sí sería una tontería que no estuviéramos alertas en el momento en que intentamos reeditar y repetir ese pasado.

Es verdad que ya no somos los de antes, pero al recordarnos, es injusto con nosotros mismos repudiar, rechazar al que fuimos. Y si pensamos que con la culpa pagamos lo que hicimos, ‘deberíamos’ también saber que la culpa es un sentimiento inútil que nos condena a repetir nuestros errores y equivocaciones.

Tenemos que ser severos con nuestro presente y caritativos con nuestro pasado.

¡PERDÓNATE Y VIVE!

EL FUTURO  

 

Amenaza, con matices de incertidumbre. ¿Y si después no me ama? ¿Y si después me arrepiento? ¿Y si después no soy capaz? ¿Y si después no quiero seguir adelante con esto? ¿Y si después cambio de idea? Y… Como solo tenemos el presente y el futuro no nos firma una carta de garantía, entre un impulso que quiere y otro que no quiere, ambas fuerzas nos paralizan. Entonces parece que el tiempo no pasa, pero esto es sólo una ilusión. Pasa y queda en nosotros inexorablemente.

¿Es el futuro el que nos angustia o es el presente? ¿Y si después no me gusta? Tal vez sería lo de menos si hoy me gratifica muchísimo. ¿Y esta alegría, cuánto va a durar? No importa, que dure lo que sea si hoy me llena de gozo. ¿Y si después cambio de idea? Sería un buen síntoma de que no soy un robot sino un ser pensante y tengo posibilidades de cambio y crecimiento.

La seguridad no es el lenguaje de la vida, ni del amor, ni de nada en realidad. Si hay algo que necesita que se la construya todos los días, que se la alimente, que se la cuide, es justamente eso: nuestra vida.

¿Cómo es posible que algo tan importante para nosotros, algo en lo que tenemos depositadas tantas esperanzas y expectativas, la dejemos librada a que la cuide el azar? Tal vez mañana seremos los mismos, tal vez no, seguramente seremos distintos, habremos crecido, cambiado, ¿pero acaso por el que seremos no nos animamos a vivir el que somos?

¿Y si nos arrepentimos y si no nos arrepentimos? En definitiva, ¿eso qué importa si hemos sido coherentes con lo que pensamos, sentimos y hacemos? ¿Merece la pena mi esfuerzo de hoy? Mucho más que eso: MERECE LA ALEGRÍA. Pintar la casa, cambiar un mueble… ¿Y si después nos mudamos? Comprarnos ropa, ¿y si después engordamos? Cambiar de Trabajo, ¿y si después nos arrepentimos? ¿Y SI DESPUÉS? ¡Después ya veré qué hago!

Pero el después no debe evitar que podamos vivir con todos nuestros sentidos: EL HOY.

A veces, cuando sentimos afecto no lo damos porque después podemos no sentirlo. ¡Qué manera más tonta de privarnos del placer de darlo! Pensando en lo ‘definitivo’, nos privamos de la felicidad de este momento, que es, ‘en definitiva’ el único que tenemos.

Detrás de una obra maestra, tal vez no escriba mi poema jamás. Pero, ¿por qué tengo que escribir como Shakespeare? ¿Por qué tiene que ser mi elección la última, por qué no la puedo cambiar? ¿Por qué soy tan egoísta con mi presente?

 

EL PRESENTE

El presente, este exacto momento que estamos viviendo, es muy breve: no lo dejemos pasar sin sentirlo.

No existe un día más hermoso que el día de hoy.

La suma de muchísimos ayeres forma mi pasado. Mi pasado está formado por recuerdos tristes y alegres. Algunos de estos recuerdos están fotografiados y ahora son cartulinas donde me veo de pequeño, donde mis padres siguen siendo recién casados, donde mi ciudad parece otra.

El día de ayer pudo haber sido un hermoso día, pero no puedo avanzar mirando siempre hacia atrás… Corro el riesgo de no ver los rostros que caminan a mi lado. Acaso el día de mañana amanezca aún más Hermoso, pero no puedo avanzar mirando solo el horizonte. Corro el riesgo de no ver el paisaje que se abre a mi alrededor.

Por eso, yo prefiero el día de hoy. Me gusta pisarlo con fuerza, gozar su sol o estremecerme con su frío, sentir como cada instante me dice ¡PRESENTE!

Sé que es muy breve, que pronto pasará, que no voy a poder modificarlo ni pasarlo en limpio. Como tampoco puedo modificar demasiado el día de mañana: es un lugar que todavía no existe.

AYER FUI

MAÑANA SERÉ

HOY SOY

Por eso:

Hoy te digo que te quiero

Hoy te escucho

Hoy te pido disculpas por mis errores

Hoy te ayudo

Hoy comparto lo que tengo

Hoy me separo de ti sin guardarme ninguna palabra para mañana

Porque HOY respiro, miro, pienso, escucho, sufro, huelo, trabajo, toco, río, amo.

HOY, HOY ESTOY VIVO, COMO TÚ.

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